jueves, 12 de abril de 2012

CULTRUN 3

La cruz en el círculo constituye así una representación de las dos primeras instancias de la creación, las cuales son: la unidad o simiente única del mundo, y la dualidad de los principios receptivo y creativo. Unidos en la cruz ambos principios, generan el movimiento creador. El punto de conjunción o acoplamiento, que coincide con el centro, suele ser destacado con un círculo pequeño, para indicar que allí está el punto de generación y expansión de la fuerza creadora, el mismo punto que en la instancia anterior representaba la unidad o simiente del mundo.
Si se asigna a cada instancia un número de orden, surge la simbólica de los números, que también es de validez universal, como se advierte por los paralelos establecidos entre diferentes tradiciones. Así, la tercera instancia da su contenido simbólico al tres, como número arquetípico o de la idea. Es el tercer principio, constituyente del ternario derivado del binario, según el esquema padre-madre-hijo, o tesis-antítesis-síntesis, o presión-depresión-equilibrio.
Ese principio, derivado de la conjunción de las fuerzas creadora y receptora primordiales, constituye el mundo llamado inteligible, donde la creación alcanza una primera concreción fundamental en los arquetipos o moldes trascendentes de la realidad visible, denominados, según Platón y Confucio, ideas, rectores invisibles y fundamento genérico de todas las creaturas.
La presencia del ternario arquetípico en el símbolo mapuche que nos ocupa, se muestra al parecer en los “trípodes” de los extremos de la cruz, lo que esquemáticamente puede representarse en esta forma:






Incorporado así el ternario en la composición del símbolo, y al aparecer en los cuatro extremos de la cruz, fija el límite entre el mundo invisible o arquetípico, y el mundo visible.
De esta manera, el tres viene a ser el número símbolo del orden interior, y el cuatro, el número símbolo del orden existente sensible. Su forma geométrica es el cuadrado, ó la cruz como cuaternario, y su concreción natural es la tierra con sus montañas, ríos, y bosques, y su cuatro demarcaciones básicas.
En oposición al círculo, esta figura angulosa es la imagen de lo mensurable. Se ha de notar también que la estructura cuaternaria del mundo visible aparece sobre la ternaria del mundo arquetípico y la binaria de la pareja primordial, y desde el centro o conjunción y primera simiente. Esta representación simultánea de las cuatro grandes mutaciones del universo, no revela otra cosa si no que ambos mundos, visible e invisible, son semejantes, y más aún, forman una sola cosa, como lo enseña el célebre axioma de la Tabla de Esmeralda, de Hermes Trismegisto: “Como arriba es abajo y como abajo es arriba, para formar los milagros de una sola cosa”.
El cuadrado puede hallarse en posición pasiva o activa. En la primera descansa sobre un lado, y en la segunda sobre un vértice, teniendo la diagonal como eje de simetría.





En el cultrún mapuche la posición del cuadrado es activa. Esa posición, indica rotación, lo que, a su vez, sugiere la transformación del cuadrado en círculo, índice éste, de lo divino o perfecto presente en toda la creación, visible en el movimiento de los astros, de los sistemas planetarios, de las galaxias y de los ciclos que rigen el destino de todas las creaturas.
La representación conjunta del mundo visible y el invisible en una sola figura, indica que la cruz es, en uno y otro mundo, binario y cuaternario. Entre ambos el ternario, tal como es diseñado en el símbolo mapuche, fija la transición del dos al cuatro. Así la cruz en el círculo llega a ser también la imagen de la tierra cubierta por la bóveda celeste.

El cielo es redondo y la tierra es cuadrada dice un texto antiguo, lo cual significa que en el mundo visible, el cielo reproduce la imagen circular de lo infinito, y la tierra, la imagen angulosa de los mensurable, regida por el cuaternario. Cuatro son las esquinas del mundo (meli esquina mapu), cuatro son las estaciones del año, cuatro son los elementos. Así, la membrana del cultrún, con su signo cruciforme, representa la plataforma terrestre y sus cuatro demarcaciones básicas.
Se dijo antes que rara vez el diseño de la cruz del cultrún es simple, es decir, de un sólo trazo para el padre y una para la madre, casi todos los cultrunes muestran una cruz doble, como se ve en la página 16 de este libro. Se entiende fácilmente que ese diseño doble representa mejor el carácter dual de las concepciones religiosas mapuches, por el desarrollo dinámico de la pareja primordial en una cuaternidad, según el remoto arquetipo oriental antes mencionado, lo que a su vez perfecciona el sistema de trazos para la representación del calendario lunar.
Así, el uso ceremonial del cultrún, como base rítmica e impulso vital del conjunto instrumental, del canto y la danza mapuches, pone en movimiento este diseño del orden divino, dialéctico del universo, buscando restablecer en la realidad, a través del poder de la música, el orden allí representado; esto recuerda los tiempos remotos en que la música, según la experiencia de todos los pueblos, constituía realmente un poder.
En lo que se refiere a los remates de los extremos de la cruz que, en ciertos cultrunes, son curvos (fases de la luna, arco iris) y en otros son rectos, la suposición de algunos investigadores de que simbolizan copas de araucarias, pareció verificarse por el testimonio de algunos pehuenches de la zona de Icalma, quienes suelen representar a la pareja mítica del padre y la madre primor diales por una pareja de araucarias macho y hembra.
En efecto, cuando estas grande coníferas se aproximan en edad al milenio, adoptan una forma parecida a las barras de la cruz del cultrún con sus remates curvos, y así, por su diferenciación sexual, estos árboles, más que ningún otro elemento de la naturaleza de nuestro país, sirven para representar al anciano rey y a la anciana reina en lo alto del cielo.
Asimismo, los pehuenches de esa zona dijeron que la cruz con remates rectos, utilizada por ellos en sus cultrunes y en sus banderas de nguillatunes, recuerda con sus trípodes las patas del choique, esto es, el ñandú, o avestruz americana. De modo que la dualidad primordial en esta cruz, está simbolizada por el acoplamiento de una pareja de ñandúes, aves casi extinguidas hoy en Chile, pero ampliamente recordadas en los ritos y en la imaginería de los mapuches, y cuya especial significación e importancia para ellos será necesario investigar más a fondo.



En lo que concierne a la posición de los pueblos sobre la plataforma terrestre simbolizada en el cultrún, debe considerarse también esta cruz como la situación de un centro habitado (Aillarehue), que adquiere para los allí situados el carácter de centro del mundo, y se constituye en punto de referencia para la fijación de las cuatro demarcaciones de la tierra.
Así, para una comunidad dada, la zona central de la cruz equivale a lo que en mapuche se llama Anënmapu es decir, la tierra en que estamos parados, en referencia a la cual quedan determinadas la tierra del Oriente, o Puelmapu; la tierra del Norte, o Picumapu; la tierra del Sur, o Huillimapu, y la tierra del Occidente, o Lafquenmapu.
Estas denominaciones se extienden también a los pueblos que, en referencia a ese pueblo, viven en las cuatro ramas de la tierra. Porque, históricamente, fue en referencia a una determinada parte del pueblo mapuche –quienes vivían en el centro del país y que opuso una tenaz resistencia a la dominación extranjera durante tres siglos-, que se llamó Picunches a los hombres del Norte y Huilliches a los hombres del Sur (N.d.E.: Puelches a los hombres del oriente y Lafquenches a los hombres del poniente).




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